miércoles, 11 de febrero de 2026

Integrarse a otra cultura: el desafío invisible de empezar de nuevo entre Cuba y Brasil Migrar no es solo cambiar de país. Es cambiar de ritmo, de idioma, de costumbres… y muchas veces, de identidad. Cuando un cubano llega a Brasil, trae consigo historias, sabores, recuerdos, formas de hablar y de sentir que forman parte de su esencia. Pero integrarse a una nueva cultura no ocurre de la noche a la mañana. Es un proceso silencioso, lleno de aprendizajes y también de nostalgias. Cuba y Brasil: dos culturas cálidas, pero diferentes A simple vista, Cuba y Brasil comparten algo hermoso: la alegría, la música, la cercanía humana. Ambos pueblos saben sonreír incluso en medio de las dificultades. Sin embargo, cuando comenzamos a vivir el día a día, aparecen las diferencias. En Cuba: La vida social suele ser más espontánea y comunitaria. La familia extendida es parte activa del día a día. Las conversaciones son directas, intensas, emocionales. En Brasil: La comunicación puede ser más indirecta y diplomática. Las relaciones, aunque cálidas, toman tiempo para profundizarse. El sistema financiero, legal y laboral funciona bajo dinámicas muy distintas. Adaptarse implica aprender nuevas reglas no escritas: cómo negociar, cómo hablar en el trabajo, cómo manejar el dinero, cómo entender los códigos sociales. A veces, lo que en Cuba es normal, en Brasil puede interpretarse de otra manera. Y ese aprendizaje puede generar inseguridad, frustración o sensación de no pertenecer completamente. El peso emocional de lo que dejamos atrás Pero quizás el desafío más grande no es cultural… es emocional. Migrar significa dejar: A los padres envejeciendo lejos. A los amigos de toda la vida. A los hijos, hermanos o abuelos. Las calles que conocen nuestra historia. Se vive con una dualidad constante: estar agradecidos por las oportunidades en Brasil, pero con el corazón dividido entre dos tierras. Las fechas importantes duelen distinto. Los cumpleaños se celebran por videollamada. Las malas noticias llegan desde lejos y no siempre podemos estar presentes. Y aun así, seguimos adelante. Integrarse no es olvidar Algo importante que aprendemos con el tiempo es que integrarse no significa renunciar a nuestras raíces. No se trata de dejar de ser cubanos para convertirnos en brasileños. Se trata de sumar, de adaptarnos sin perder nuestra esencia. Podemos hablar portugués con acento, celebrar tradiciones brasileñas y seguir cocinando arroz congrí en casa. Podemos entender el sistema financiero brasileño sin olvidar los valores con los que crecimos. La integración real ocurre cuando dejamos de luchar contra la diferencia y empezamos a verla como crecimiento. Construir una nueva vida con identidad Emigrar es un acto de valentía. No todos se atreven a empezar desde cero. Cada pequeño logro en Brasil —un empleo estable, un negocio propio, una vivienda, nuevas amistades— tiene un valor doble, porque está construido sobre el sacrificio y la distancia. Al final, no somos de un solo lugar. Somos el puente entre dos culturas. Somos memoria y adaptación. Somos Cuba en el corazón y Brasil en el presente. Y eso, lejos de debilitarnos, nos hace más fuertes.

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