lunes, 23 de febrero de 2026

Parte 2: La culpa emocional Hay un momento en la vida del migrante que casi nadie confiesa. El día en que ya no lloras todos los días. El día en que empiezas a entender los chistes en otro idioma. El día en que te sientes un poco… en casa. Y entonces aparece otra forma de culpa. Porque adaptarte empieza a sentirse como traición. Te descubres disfrutando una comida diferente. Celebrando nuevas tradiciones. Haciendo amigos que no conocen tu historia completa. Y una voz interna susurra: “¿Se me está olvidando lo que dejé atrás?” “¿Estoy cambiando demasiado?” “¿Si ya no duele igual… significa que amo menos?” Pero el corazón humano no funciona así. Adaptarse no es reemplazar. Es expandirse. No dejamos de amar nuestro país por aprender a amar otro. No olvidamos nuestras raíces por echar nuevas ramas. El migrante vive una doble lealtad: al pasado que lo formó y al presente que lo está transformando. Y esa transformación asusta. Porque crecer siempre implica soltar una versión anterior de nosotros mismos. Pero sanar la nostalgia no es traicionar la memoria. Aprender a disfrutar no es abandonar a quienes quedaron atrás. Reír en otro idioma no borra el primero que aprendiste. Eres la misma persona… solo más amplia. Más fuerte. Más consciente. No estás dejando de pertenecer. Estás aprendiendo a pertenecer en dos lugares al mismo tiempo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Migrar no es solo cambiar de país. Es reconstruirse. Después del impacto inicial —el idioma, la cultura, el trabajo, la nostalgia— llega un...